El cuidador del manantial
Al difunto Peter Marshall -elocuente orador y durante muchos años el capellán del Senado de Estados Un¡dos, le encantaba contar el cuento de "El cuidador del Manantial", un tranquilo habitante de la foresta que vivía en las alturas de una aldea austríaca situada en la ladera oriental de los Alpes. El viejo caballero había sido contratado muchos años antes por un joven concejo municipal para limpiar los desechos que cayeran en las pozas que el agua formaba en las grietas de la montaña, que alimentaban la hermosa corriente de agua que fluía a través del pueblo. Con fiel y silenciosa regularidad, patrullaba las colinas, sacaba las hojas y ramas, y quitaba el sedimento de lodo que de otra forma hubiera atascado y contaminado la fresca corriente de agua. Poco a poco el pueblo se volvió una atracción popular para vacacionistas. Elegantes cisnes flotaban a lo largo del cristalino manantial, las ruedas de los molinos de varios negocios establecidos cerca del agua daban vueltas día y noche, las tierras de labranzas se irrigaban naturalmente, y la vista de los restaurantes era más pintoresca de lo que pudiera describirse.
Pasaron los años. Una tarde el concejo del pueblo se reunió para su asamblea semi anual. Mientras revisaban el presupuesto, uno de ellos se fijó en la cifra del salario que se le pagaba al oscuro cuidador del manantial. El que cuidaba la bolsa preguntó: -¿Quién es este viejo? ¿por qué lo retenemos año tras año? Nadie nunca lo ve. Hasta donde sabemos, este extraño guardia de las colinas no nos rinde ningún beneficio. ¡Ya no se le necesita!
Por voto unánime, prescindieron de los servicios del viejo.
Durante muchas semanas nada cambió. Para principios del otoño, los árboles empezaron a dejar caer sus hojas.